Escenarios de exclusión
El rol social de los teatros en relación a la multiplicidad de culturas en América
El teatro, a lo largo de la historia, ha sido mucho más que un simple espacio de entretenimiento; ha funcionado como un lugar de encuentro social y como un escenario para la exhibición de relaciones de poder. En América Latina, este fenómeno adquirió características particulares tras las guerras de independencia de principios del siglo XIX. En un contexto atravesado por las revoluciones atlánticas y las ideas de la Ilustración, los latinoamericanos lucharon por romper el dominio colonial, buscando construir una nueva identidad nacional. Aunque estos procesos prometían una ruptura con el dominio colonial, tenían como referencia modelos como Francia o Inglaterra.
Existía, como es natural, una tradición, pero era la tradición odiada, la incómoda, la que había ocasionado el atraso de las colonias con respecto a los países más adelantados de la tierra como los Estados Unidos, Inglaterra y Francia y hacia ellos se dirigían las miradas. Hay que imitarlos, hay que vincularse culturalmente a ellos y desprenderse de todo lo que ostente el sello español que es lo odiado y lo atrasado. (Gutierrez,1997, p.16).
No existía un pasado propio en el que los colonos no hayan intervenido, es por esto que las nuevas naciones emergentes reprodujeron estructuras sociales que seguían, muchas veces, favoreciendo a las clases altas. “La formación de una cultura arquitectónica era el desafío de la región. Se trataba del problema de crear una arquitectura que se representaba atravesada por el problema de no tener un pasado identitario marcado” (Carvalho, 1999)
Las nuevas ciudades republicanas, como Buenos Aires, comenzaron a construir monumentos arquitectónicos que reflejaban la grandeza de Europa. En este contexto, el teatro se convirtió en una herramienta clave para la consolidación de la identidad nacional. Así es el caso del Teatro Colón de Buenos Aires, inaugurado en 1857, donde se puede observar cómo las élites locales buscaron proyectar una imagen de sofisticación y prestigio a través de la imitación. “Nos prometía un porvenir apoteótico en el cual nuestras manifestaciones culturales alcanzarían circunstancias relevantes siempre que imitaran los modelos lejanos.“ (Gutierrez,1997, p.17). Este teatro, inspirado en el Palais Garnier de París, no solo representaba el avance cultural y artístico de la ciudad, sino también el poder de quienes buscaban diferenciarse de las clases populares. Además, este espacio funcionaba como un templo para las expresiones culturales como la ópera y el ballet consideradas superiores. La estructura monumental y el acceso privilegiado al teatro consolidaba el poder de las clases altas, mientras que las secciones más accesibles, como el "paraíso", permitían la participación de otro tipo de público. Sin embargo, mientras estos espacios elitistas se consolidaron, paralelamente las clases populares desarrollaban sus propios espacios culturales, como las pulperías y tertulias, donde se exponían artes locales, como la música criolla, el tango y expresiones artísticas “informales”. Estos espacios sociales, considerados como parte de la "barbarie" por las élites, coexistían en tensión con la alta cultura europea importada, generando una dualidad cultural en la vida urbana latinoamericana.
Este trabajo propone analizar cómo los teatros, y en particular el Teatro Colón, operan como instrumentos de poder en la vida social de Buenos Aires, al mismo tiempo que se confrontan con las formas culturales populares que emergen desde los márgenes. De esta forma, se mencionará cómo la independencia política no trajo consigo una independencia cultural inmediata, sino más bien un complejo proceso de imitación y resistencia. En primer lugar, se abordará el Teatro Colón desde diversas dimensiones, incluyendo su materialidad y espacialidad, para examinar cómo se manifiestan las jerarquías sociales en este espacio. En segundo lugar, se realizará una comparación entre el Teatro Colón y el Palais Garnier de París, con el objetivo de investigar cómo Argentina, a lo largo de su historia, ha buscado imitar estos modelos europeos. Finalmente, se llevará a cabo una comparación con centros de sociabilidad popular, como las pulperías, en la cual se evidencia que la cultura popular también desempeña un papel vital en la configuración de la identidad social y cultural de Buenos Aires, desafiando la noción de que la cultura "cultivada" es exclusiva de las élites.
El Teatro Colón
El Teatro Colón, inaugurado en 1908, se estableció como un emblema de la civilización y la modernidad en la Argentina del siglo XIX, en un país que buscaba posicionarse como una nación culta y alineada con los ideales europeos. Este período estuvo marcado por la Revolución Industrial y las profundas transformaciones sociales y económicas que trajo consigo, influyendo a la élite argentina en su afán de proyectar una imagen de progreso y sofisticación cultural. Como señala Krotz (1994) en “Cinco ideas falsas sobre la cultura”, esta cumple funciones sociales, entre ellas, la de generar cohesión e identificación dentro de ciertos grupos. El Teatro Colón no era entonces sólo un centro de entretenimiento, sino un espacio en el que se reafirmaron las conexiones sociales y los lazos de poder, fortaleciendo el sentido de pertenencia de la élite porteña en tiempos de cambio y legitimando su lugar privilegiado en una sociedad atravesada por desigualdades. Es así como esta estratificación social se ve reflejada directamente en su arquitectura.
La Fachada es el primer elemento en dejar en claro que el teatro no era un espacio accesible para todos, muestra la aspiración nacional de formar parte de un mundo más desarrollado. Argentina, representada por su élite, era digna de ocupar un lugar en el escenario global junto a las naciones más "civilizadas". Esta ambición se manifiesta no solo en la monumentalidad del edificio, sino también en sus lujosos ornamentos, como las columnas corintias, esculturas y el friso, que realzan su grandeza y exclusividad. (Imagen 2.)
La entrada también funciona como barrera social, separa el espacio urbano público del espacio exclusivo, allí es donde se filtra quien puede entrar y quien no, teniendo en cuenta las normas de vestimenta impuestas, que refuerzan la pertenencia a determinados grupos específicos. En el foyer los asistentes comienzan a asumir su papel dentro de una jerarquía social claramente definida. No es solo un espacio de recepción, sino un umbral hacia una cultura de la exclusión. La élite se muestra y refuerza su identidad de clase al estar en un lugar compuesto por mármoles, columnas, y candelabros que manifiestan la grandeza de lo europeo. Las escaleras constituyen un espacio en sí mismo, no son solo un medio de circulación sino también un lugar de autoexhibición. Representan el ascenso hacia la “civilización” y permiten que los espectadores puedan ver y ser vistos. Las clases altas acceden a los palcos mediante rutas más visibles y directas, mientras que los otros grupos ingresan por accesos secundarios hacia las galerías altas. La disposición de los asientos también reproduce y refuerza la estructura de clases. Los asientos más cercanos al escenario y los palcos son los más costosos donde el público no solo disfruta de la mejor vista, sino que también es visto por otros. Estos últimos ofrecen privacidad y exclusividad, consolidando la idea de que solo algunos eran dignos de disfrutar de ese tipo de espacios.
…las fracciones dominantes hacen de la "soirée" en el teatro una ocasión para el gasto y para la exhibición del gasto. Se "visten" (lo que cuesta tiempo y dinero), toman las localidades más caras de los teatros más caros según la lógica que, en otros campos, lleva a comprar "lo mejor que hay"; se van a cenar después del espectáculo'". Eligen su teatro como se elige una "boutique", marcada con todos los signos de la "calidad"... (Bourdieu, 1979, p. 268).
Además de imitar lo europeo en lo arquitectónico, la ópera, el ballet y las obras que tenían lugar en este espacio, eran de compositores europeos como Verdi y Puccini, las cuales acercaban a la sociedad porteña las corrientes culturales más vanguardistas de ese continente, quitándole el lugar al arte local. Lo cual demuestra que el Teatro Colón, en sí mismo, es una manifestación de este modelo cultural 'civilizado' al que se aspiraba.
Reflejo de Europa
Como se mencionó anteriormente, en la construcción de estos espacios de “alta cultura” se toma como referencia modelos europeos, tal es el caso del Teatro Colón con el Palais Garnier de París. Este último, terminado en 1875, fue concebido como un símbolo de prestigio para la sociedad francesa. Su ubicación estratégica en el corazón de París, similar a la del Teatro Colón de Buenos Aires, no fue elegida al azar; más bien, se diseñó con la intención de reflejar las aspiraciones culturales y sociales de ese momento y con el principal objetivo de ser admirado. Este enfoque geográfico subrayaba la intención de las élites de proyectar su influencia y estatus en una ciudad que, al igual que Buenos Aires, experimentaba transformaciones profundas en su identidad y estructura social.
Al igual que en el Teatro Colón, la fachada del Palais Garnier de París combina elementos clásicos y barrocos. Las columnas de mármol y esculturas alegóricas rinden homenaje a grandes compositores como Mozart y Beethoven, junto con figuras doradas de inspiración mitológica. A su vez, en la cúspide de la cornisa principal se destacan las estatuas de bronce que representan a Apolo, la Música y la Poesía, las cuales coronan la estructura potenciando la monumentalidad del edificio. (Imagen 1.)
La entrada al palacio se realiza por el pabellón del emperador, situado en el costado lateral izquierdo del edificio. Este espacio fue diseñado originalmente para el emperador Napoleón III, y sus elementos decorativos resaltan el poder imperial. Al ingresar, uno se encuentra con la Rotonda de los Abonados, punto de recepción de la ópera. Este lugar, bañado en mármol y cubierto por una cúpula baja, es el único espacio del edificio que puede ser visitado sin abonar un ticket. Siguiendo con el recorrido, se accede a una imponente escalera, revestida de mármoles en tonos verdes, rojos y blancos, y flanqueada por columnas de estilo clásico, la cual conduce a los visitantes al centro del edificio.
Desde lo simbólico, ambos teatros comparten la idea de las jerarquías sociales y el acceso exclusivo a la cultura. Sus interiores lujosos, adornados con materiales como mármol y bronce, así como su ornamentación elaborada, reflejan la intención de asociar lo europeo con la élite social. Como menciona Benévolo (1963) en Historia de la arquitectura moderna, la arquitectura, en su esencia, no es solo forma y estructura, sino una expresión de los valores y las jerarquías de la sociedad que la produce. Así, el Teatro Colón no solo rinde homenaje al modelo parisino, sino que lo reinterpreta en función de una identidad propia, creando un espacio emblemático que alude tanto a su fuente europea como a las ambiciones locales por posicionarse.
Sin embargo, a pesar de estas similitudes, es fundamental reconocer que la cultura porteña no se limitaba a influencias europeas. Esto plantea la necesidad de explorar los espacios populares donde se desarrollan eventos culturales que, aunque a menudo son menospreciados, también son parte de la construcción de la identidad nacional.
Imágenes


Imágen 1. Postal de la fachada del Palais Garnier
Imágen 2. Rafael Tuck & Sons. (1903 a 1959). Postal de la fachada del Teatro Colón


Imágen 3. Fachada del Palais Garnier
Imágen 4. Fachada del Teatro Colón

Imágen 5. Foyer Palais Garnier

Imágen 6. Foyer Teatro Colón


Imágen 7. Salon principal Palais Garnier
Imágen 8. Salón principal Teatro Colón


Imágen 9. Planta Palais Garnier
Imágen 10. Planta Teatro Colon
Espacios Culturales Populares
Los teatros eran los espacios culturales destinados a las personas de mayor poder adquisitivo. Sin embargo, nos parece importante mencionar que ser parte de la cultura no debe ir de la mano con el rango social. “En la medida en que alguien pertenece a un grupo, una etnia, un pueblo, cualquier tipo de "comunidad" humana, participa en la cultura de éste y sólo así es ser humano” (Krotz, 1994, p.1). Si bien, “la cultura calificada de "inferior" se encuentra casi siempre al borde de la descalificación completa como cultura” (Krotz, 1994, p. 2), no existe ningún parámetro que determine qué es parte de la cultura y que no, más allá de la jerarquía social de quienes se creen dueños de ella en la sociedad. Lo cual refleja, únicamente, las relaciones de poder. En este punto nos parece importante mencionar que la cultura existe más allá del hecho de ser culto, que quienes se creen cultos se crean dueños de la cultura, e intentan imponer, no significa que no haya cultura más allá de ellos.
En contraposición con los espacios elitistas como los teatros, las pulperías eran los espacios en los que se expresaba una cultura que se resistía a los ideales europeos. En ellas lo criollo, lo mestizo y lo popular se mezclaban. “...en su conjunto, la cultura, todas las culturas y sus manifestaciones son algo vivo, algo que surge y se transforma sin cesar y a veces incluso desaparece después de haber existido algún tiempo” (Krotz, 1994, p. 5.).
Las pulperías se ubicaban en los puntos de encuentro claves de las ciudades y áreas rurales, cercanas a los caminos principales. Su ubicación favorecía la accesibilidad y la función de ser un punto de intercambio cultural y comercial. A diferencia de los teatros, que se separaban de la calle, las pulperías no marcaban un límite entre el adentro y el afuera, sino que se extendían hacia la vía pública. Quienes caminaban por esas calles, se encontraban bajo los aleros generados por los techos que se extendían desde estas. La escala de las pulperías también permitía que uno se sienta parte del espacio, la altura de las ventanas y las puertas potenciaba la interacción, quienes transitaban por ese lugar se sentían invitados a pasar. (Imagen 11.)
El acceso estaba a nivel vereda, en lugar de grandes columnas y escalinatas, la entrada era simple y sin pretensiones. Las fachadas no pretendían ostentar, estaban realizadas con materiales propios del lugar y contenían puertas amplias que solían estar abiertas, generando una transición entre el interior y el exterior. La manera en la que las pulperías eran ocupadas las transformaba en espacios dinámicos, eran centros de reunión en los que se daban distintos usos. Funcionaban como almacén, como lugares de encuentro y además servían como escenario para actividades culturales. La organización espacial era abierta y sencilla, no había muchas divisiones internas. La gente podía reorganizar el mobiliario para el uso que quería darle, esto reflejaba la flexibilidad al momento de realizar una actividad, como juntar las mesas para generar grandes reuniones, o alejarlas para conversaciones más íntimas. Por la multiplicidad de personas que habitaban las pulperías y por ser un espacio que no excluye por la jerarquía social, emergen nuevos elementos culturales. Si bien las pulperías eran vistas como espacios de “barbarie”, era precisamente allí donde se gestaba una cultura que luego sería reconocida como símbolo nacional. En espacios como las pulperías, se desarrollaron manifestaciones culturales que luego serían fundamentales para definir lo que conocemos como la argentinidad.
Elementos culturales como el tango y la payada eran los que luego definirían la argentinidad. “El tránsito desde lo primitivo, estigmatizado desde concepciones racistas [...] y desde censuras morales [...] pudo alcanzar, mediante la sofisticación del tango y el “blanqueamiento” de la samba, la “civilización” necesaria para tratarlos como símbolos nacionales” (Garramuño, 2007. p.2).
Lejos de cumplir con las ideas de homogeneización europea las pulperías fomentaban el mestizaje y la multiplicidad cultural. “Precisamente porque la cultura no es sólo lo que se encuentra en museos, teatros y bibliotecas, sino también lo que está en las calles y las casas, la opción por una influencia cultural con alternativas culturales tiene que ver con la identidad colectiva de una población, o sea, de cómo ésta ve la vida y quiere vivirla y qué sentido encuentra en ella” (Krotz, 1994, p. 7.).
Imágenes

Imágen 11. Fachada pulperías

Imágen 12. El Himno Nacional en la sala de Mariquita Sánchez de Thompson, de Pedro Subercaseaux

Imágen 13. Óleo sobre tela, Carlos Morel, Payada en una pulpería
Conclusión
Como vimos en el recorrido de este trabajo, los teatros en Buenos Aires se consolidaron como un símbolo fundamental en la cultura de la época, tomando como referencia la cultura europea. Estos espacios, promovieron un ambiente exclusivo y excluyente, donde la alta sociedad consolidaba su identidad y proyectaba una imagen de sofisticación al resto de la ciudad.
Sin embargo, lo que define la identidad cultural de un país no se limita a los ideales de una clase social particular. Tal como se vio en este trabajo, al margen de los teatros y su simbolismo elitista, existía otro ámbito cultural en paralelo, despreciado y estigmatizado que cobró fuerza y reflejaba los valores y expresiones artísticas de sectores populares menos privilegiados. Estos espacios también fueron parte del desarrollo cultural, brindando una forma de expresión y representación a quienes no se veían reflejados en los entornos exclusivos de la élite.
Por lo tanto, ambas facetas, tanto la de los teatros como epicentros de la élite como los espacios populares de cultura, coexistieron en un ámbito de construcción de una identidad nacional. La identidad argentina no se define entonces únicamente por lo impuesto por la gente de “mayor jerarquía social”, sino también, por lo generado por fuera de estos ámbitos con su propia autenticidad y creatividad.
Bibliografía
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.- Krotz, E. (1994). Cinco ideas falsas sobre la cultura.
.- Benévolo, L. (1963). Historia de la arquitectura moderna.
.- Bourdieu, P. (1979). La Distinción: Criterio y bases sociales del gusto.
.- Garramuño, F. (2007). Modernidades primitivas. Tango, samba y nación.
.- Carvalho, M. (1999). Nacionalismo Historicismo en Brasil.
.- Braudel, F. (1979). Las estructuras de lo Cotidiano: Lo posible y lo imposible.
.- Berman, M. (1982). Todo lo sólido de desvanece en el aire.
.- Gutiérrez, R. (2009). Cuzco-Buenos Aires, ruta de la intelectualidad americana.
.- González Bernarldo, P. (1993). Las pulperías porteñas: Historia de una expresión de sociabilidad popular en la ciudad de Buenos Aires durante la primera mitad del siglo xix.
.- Schultz, N. (1973). Arquitectura Occidental.
.- Sullivan, L. (2017). El edificio de oficinas de gran altura desde una perspectiva artística.
.- Sánchez, S. (2004). El espacio doméstico en Buenos Aires (1872-1935) conceptos, modelos e imaginarios.
.- Fernandez Sanz, P. (2013). Genealogía de los teatros.